Como la marea subiendo y bajando con el paso de las horas, la noche y el día, la tinta nos deja entrever con claridad figuras que se van fragmentando y reconstruyendo, un vaivén en el que vamos cambiando de lentes, del desenfoque a la nitidez, de un panorama desbordante a un nuevo elemento que todavía está tejiendo una constante apreciación.
Conrado Aguilar graba con agua la desnudez de una visión fotográfica y arquitectónica: equilibrio, ritmo, perspectiva, puntos y líneas, sumergidos en el papel. Ante la ausencia de objeto para la cámara o comunidad para el hábitat, toma protagonismo su mirada.
Una vez todo seco, reconocemos una acción de repetición, de ensayo de las formas, artesanía no de una perfección clásica de bellas artes, sino de una curiosidad por plasmar, con otro ángulo las mismas convenciones a las que llamamos formas geométricas mezcladas en la abstracción.
La geometría se convierte en hilo conductor de la acuarela, donde a la vista de cada espectador, lo que una vez fue un campo, un crepúsculo, el plano de una ciudad o lo que sugiera su imaginación, se va despedazando en piezas de vitrales y azulejos, recomponiéndose con un hilado negro autoritario y fértil.
Las líneas son al mismo tiempo límites y posibilidad, orden del color y canales para su desborde, es la visión de un ejercicio de contemplación. Hacer zoom a lo evidente, buscar esa materia prima o estructura mínima de la que todo está hecho. Al final, en la plaqueta del laboratorio o en lente del telescopio, nos hacemos más humildes al reconocer una misma composición: todo es forma, a la luz de nuestra imaginación.
Forma o realidad que la teoría cuántica nos demuestra está cambiando con cada pestañeo, con la voluntad de mirar. Aún así seguimos observando, continuamos indagando de qué estamos hechos, persiste nuestro deseo de crear.
José Manuel Salas
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